El millor per Barcelona o el més senzill pel govern?

Si la ciutat encara un debat central en els propers anys és sens dubte el de l’habitatge, el preu del lloguer i si es podrà viure a Barcelona. La ciutat viu una situació que altres grans capitals ja han viscut, com París o Londres, que han convertit els seus centres en espais gairebé folklòrics on només els membres de la llista Forbes es poden permetre un pis al centre de la ciutat.

El darrer ple hauria d’haver portat dues bones noticies, amb l’aprovació del PEUAT, el pla d’allotjaments turístics, que ha de posar fre a la situació descontrolada que viu la ciutat amb els pisos destinats al lloguer turístic, molts dels quals són pisos turístics sense llicència; i al mateix temps havia de servir per presentar un pla d’habitatge que suposés fer un pas endavant per millorar la situació a la ciutat i buscar lluitar contra la situació d’èxode que viu Barcelona, on molts dels veïns són expulsats. La proliferació del turisme i l’increment dels preus dels lloguers són dos elements que van íntimament lligats.

Des d’Esquerra Republicana la nostra actuació va ser la mateixa. Presentar esmenes per tal de millorar el pla i aconseguir tenir una visió global de Barcelona i pensada pels barcelonins. Però quina va ser la nostra sorpresa quan després de moltes pressions del govern per fer ‘un PEUAT d’esquerres,’ i un cop finalment van aconseguir el vots republicans per fer aquest PEUAT que ha de posar ordre als pisos turístics i lluitar contra els pisos turístics il·legals, que el govern va decidir pactar el ‘pla de l’habitatge’ amb CiU i C’s.

Els avenços al pla d’allotjaments turístics introduïts per Esquerra Republicana passen sobretot per tres grans eixos: l’aposta per crear zones de decreixement, la lluita contra els pisos turístics il·legals i posar sobre la taula tres projectes  controvertits d’hotels per intentar que els veïns puguin dir-hi la seva i reduir-ne o eliminar-ne l’impacte.

Quant a l’aposta del Pla d’habitatge, és senzill. Tenim un parc d’habitatge públic de només un 1’3%, quan la mitjana europea és del 15%. Des d’Esquerra Republicana demanàvem que destinessin el 25% de la inversió municipal a pisos de lloguer social, i han preferit mirar cap a una altra banda. Som conscients que l’habitatge s’ha convertit en un producte financer, però hi havia eines per fer-hi front. Per desgràcia el pla no les contempla.

De les 28 al·legacions que els republicans vam presentar per millorar un pla del tot insuficient, la paraula que més repetien per contestar-nos era “estudiarem”. Nosaltres no volíem que s’estudiés, volíem que fessin.

A més a més, el pacte amb CiU i beneït per C’s, apostava per una societat públic-privada que ens planteja molts de dubtes. Però és que a més a més no s’ha volgut revisar els criteris d’ajut a l’impuls i a l’adjudicació de sòl públic destinat a les cooperatives, hi ha una manca d’eines urbanístiques com podria ser l’aposta pel tanteig i retracta que va ser la proposta d’ERC en aquest mateix plenari del mes de gener.

En resum, el govern municipal finalment s’ha quedat amb allò que resultava més fàcil i còmode. Volíem un canvi de veritat, no una versió 2.0 del que ja teníem. Ens han obligat a votar negativament a un pla que no és el que esperava la ciutadania i que havia de suposar un pas endavant en les polítiques d’habitatge de la ciutat. Finalment però no suposa el gran canvi que havia de ser. Naturalment que alguna cosa canvia però fonamentalment s’ha optat per un pacte fàcil més que per un revolució. La dificultat de la negociació per millorar el PEUAT que va suposar poder arribar a un pacte amb ERC va fer que el govern optés per, en canvi,  buscar en habitatge el pacte més senzill, no el millor per Barcelona.

Alfred Bosch,
President del grup municipal d’ERC-Barcelona

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¿Los hoteles perjudican la salud?

(Article publicat a El Mundo)

En Barcelona, tras año y medio de Ada Colau, vemos como las fórmulas del “sí se puede” resultan útiles para ganar, pero no tanto para gobernar una ciudad compleja. Tal incapacidad se detecta de forma especial en sectores como el turismo. En la campaña de 2015, los Comunes de Colau partían de un mensaje simple: la demonización del negocio turístico, con los hoteleros y los cruceros en el punto de mira, ya que éstos eran agentes de una gentrificación que expulsaba a los vecinos. “Los hoteles perjudican gravemente la salud”, parecía que rezaran las papeletas de voto de Barcelona en Comú.

Una de las primeras medidas de Colau fue de varita mágica; una moratoria universal sobre hoteles en Barcelona. Los proyectos hoteleros quedaban congelados hasta nueva orden, sin distinción de barrios, de tamaño ni de tipología de hotel. En apariencia, la medida resultaba progresista, porque apuntaba contra el lobby hotelero, percibido como agente de especulación y lujo. Tal magia de chistera produjo buenos titulares, pero a nivel de gestión contenía un grave error; el de confundir turismo de valor añadido con especulación. A la hora de la verdad, la moratoria actuó como un bumerán, porque al congelar la oferta, provocó una inflación récord de precios hoteleros. Y en ese sentido, favoreció a los negocios de gama alta.

Al cabo de más de un año, la presión sobre los hoteles ha empujado la ciudad a salir del fuego para caer en las brasas. Pronto se reveló mucho más preocupante la proliferación de apartamentos turísticos ilegales. Al vestir aires populares y ser difíciles de controlar, los negocios de alojamiento en pisos no sufrieron de entrada la misma persecución dogmática. Los de Colau no cayeron en la cuenta de que, a veces, lo más devastador en materia social es precisamente lo más barato. Por poner un ejemplo, un fast-food de franquicia puede provocar más degradación laboral y urbana que un restaurante selecto. El low cost no es de izquierdas, igual que el valor añadido no es de derechas.

Digamos pues algunas verdades, por mucho que no encajen con ciertos estereotipos; los apartamentos turísticos irregulares, los del montón, contribuyen más a aumentar alquileres que a aumentar salarios; y más a generar molestias que a generar empleos. Un establecimiento hotelero de calidad puede expulsar menos a los vecinos que un apartamento ilegal metido dentro de un edificio de pisos (más cuando éste atrae a grupos de turistas ruidosos que complican la convivencia). Como dato ilustrativo, y desafiando todos los tópicos, en la Barceloneta, el barrio donde más protestas contra el turismo se han vivido… ¡apenas hay hoteles!

Bajo cobertura de la economía colaborativa, se produce un auténtico embuste en forma de hostales y apartamentos ilegales que campan a sus anchas. No digo que no haya apartamentos legalizados que fomentan el turismo familiar. Pero seamos realistas, lo que domina no es el pequeño propietario que para llegar a final de mes busca una propinita alquilando habitaciones. Ahora predomina un negocio millonario gestionado por grandes empresas y páginas web que ingresan beneficios en el extranjero. Y no tiene visos de mejorar; de los 6.500 apartamentos ilegales que calcula el Ayuntamiento, apenas se reconoce el cierre de 71 desde 2015. Así pues, en el mejor de los casos, se ha cerrado un 1% del total. Ya hace meses, desde ERC propusimos un plan para cerrar todos los pisos ilegales en un año; fue rechazado, pero las cifras certifican que era necesario.

Tampoco ayuda la confusión en torno a la llamada gentrificación. Cuando Ruth Glass acuñó el término en el Londres de 1964, ya alertó que la afluencia de clases medias no era un problema de por sí; de hecho, podía ayudar a la recuperación de barrios enteros. En Barcelona, muchos profesionales liberales y parejas jóvenes que se instalaron en el casco antiguo contribuyeron a evitar el deterioro de la zona -y muchos se cuentan ahora entre los más convencidos votantes de Colau-. La mejora social no es, no puede ser, un mal síntoma. Hay que insistir en que lo realmente dañino es la inflación de precios y la especulación. Y ahora mismo, eso tiene mucho que ver con la hotelización de los pisos particulares, con ese intrusismo por parte de empresarios sin licencia, sin certificaciones de Hacienda, de Sanidad o de Trabajo, sin nada regulado.

Barcelona parece que se ha acostumbrado a vivir en una sinrazón; lo desregulado se tolera mientras que lo regulado se persigue. La moratoria de hoteles tal vez podía haber esperado un poco, ajustándola mejor, puesto que los hoteles, por definición, son controlables. En cambio, la falta de intervención sobre los apartamentos turísticos ha provocado una saturación y una inflación de alquileres que nada tiene de progresista. Es obvio que un propietario no se conformará con 600 euros mensuales si puede obtener 3000, aunque sea desafiando la legalidad. En ese sentido, quien permite la proliferación de negocios ilegales está apoyando un mercado especulativo de corte ultraliberal, un Far West al margen de la ley y la conveniencia social.

El progresismo no pasa por el éxito de lo barato. El éxito y el bienestar de una ciudad se suelen medir por el valor, y Barcelona es precisamente uno de los destinos preferidos del mundo por su altísimo valor. A veces parece que todavía no nos hayamos dado cuenta. Por eso, las soluciones a aplicar en Barcelona pasan por una apuesta clara a favor de la calidad antes que la cantidad, evitando la demonización del mercado regulado, promoviendo la escasez que fomenta la categoría y adaptándose a la realidad de cada barrio y cada calle. Aquel hotel que en un barrio es un problema, en otro barrio puede ser una solución. Hay que adoptar medidas inteligentes, que difícilmente serán recetas simples y universales.

Hay que cortar por lo sano con la peor especulación del momento: la de los apartamentos turísticos ilegales. Necesitamos un plan de choque que, para empezar, no admita el fracaso a priori y confiese que no podrá cerrar todos los negocios ilegales. Lo ilegal debe ser cerrado. ¿Acaso otra cosa sería aceptable en relación a fábricas ilegales, discotecas ilegales, salas de cine ilegales? La Administración, y no digamos una administración progresista, está ahí para regular los excesos del mercado libre. Hay que regular hoteles y cruceros, por supuesto, pero también hay que regular, todavía más, a los irregulares, que por definición se escapan más a la intervención de la cosa pública.

Hay que iniciar de inmediato conversaciones con el aeropuerto, con el puerto y con otras instancias para domesticar el modelo actual, masificado en exceso. Hay que encontrar un modelo de crecimiento sostenible que pase por la puesta en valor de la ciudad y de sus espacios, y por la lucha contra la desvalorización. En el fondo, se trata de elegir el futuro, de trabajar por la ciudad que queremos para nuestros hijos; si los salarios pueden ser altos, ¿por qué tienen que ser tan bajos? Si los servicios pueden ser buenos, ¿por qué deben ser malos? Si podemos escoger calidad, ¿por qué cantidad? Si Barcelona puede ser París, ¿por qué demonios nos emperramos en que sea Cancún?

Debemos ser valientes y empezar por decir verdades, aunque se aparten del manual ideológico. Comunes y podemitas deben admitir la complejidad de la economía social, especialmente en las grandes ciudades -que por definición son eso, complejas-. Y hay que alertar, aunque cueste votos, que viajar barato no es ni un derecho universal ni genera ninguna obligación de acogida. El turismo de borrachera o de baratija no es de izquierdas. Sí que lo es, y diría que mucho, garantizar a los vecinos un trabajo decente, un merecido descanso y una vivienda digna. Si eso pasa por combatir tópicos e incongruencias, pues hágase.

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Uns pressupostos aprovats per la porta del darrere

(Article publicat a la pàgina web de l’Ajuntament de Barcelona)

Filigrana jurídica legal desconnectada de la lògica democràtica” o “drecera no democràtica”. Són alguns dels adjectius que va utilitzar el líder d’ICV-EUiA el mandat passat, Ricard Gomà, per descriure l’aprovació dels pressupostos Trias mitjançant una qüestió de confiança. Segurament s’hagués expressat en termes diferents si hagués sabut que la seva actual lideressa, Ada Colau, acabaria fent exactament el mateix.

Esquerra Republicana vam posar 3 condicions per discutir els comptes: complir els acords subscrits l’any passat, defensa de l’agenda social i no bloquejar el debat dels pressupostos de la Generalitat. De fet, eren 3 condicions de sentit comú que ni tan sols caldria haver plantejat. Quin bon mandatari no té interès en complir els acords signats? Quin bon alcalde no posarà sempre per davant els interessos de la seva gent?

La resposta del govern va ser ridiculitzar les nostres peticions, la qual cosa ja deixava entreveure que Colau i el seu equip tenia decidit d’entrada tirar endavant els comptes sense cap voluntat de diàleg i de negociació. No ho diem només nosaltres, ho diu també el màxim òrgan consultiu i de participació de Barcelona: el Consell de Ciutat. En el dictamen que va fer sobre el pressupost, va retreure a l’equip de govern que no esgotés totes les vies de diàleg i de negociació.

El 2013, Gomà va parlar de “l’aïllament polític i social de l’alcalde”. Compartim plenament el diagnòstic; el govern Colau està més aïllat que mai. Els 26 regidors de l’oposició (des de la CUP fins al PP) vam votar negativament a uns pressupostos que s’aprovaran sense negociació i diàleg. El govern municipal aprofitarà una argúcia legal per aprovar els comptes, una maniobra que és possible gràcies a una reforma de la llei que va fer el PP. Paradoxes. Ada Colau faria un favor a Barcelona si pensés més en la ciutat i no tant en el seu nou partit polític. El Baròmetre Municipal indica que l’atur, el turisme o la contaminació són els principals maldecaps per a la ciutadania. Que comencin a fer bé les coses, que la ciutat s’ho mereix.

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